domingo, 15 de octubre de 2017

Encontrando la (in)justicia en las autoridades

Pertenezco a una generación extraña, una generación que vivió los años más terribles de la insania terrorista en el Perú, crecimos viendo y escuchando cómo nuestras fuerzas del orden hacían frente -muchas veces en desventaja- a las hordas del terror con arrojo, valentía y heroísmo. Bastaba -y sobraba- con estas razones para abrigar gratitud y respeto hacia los uniformados en nuestro país. A ello debo añadir que, tengo el gran agrado de conocer personalmente a muchos hombres y mujeres que pertenecen a las fuerzas armadas y policía nacional y que constituyen auténticos ejemplos de dedicación y entrega, anteponiendo el interés público al interés personal; alcanzando con esto para cuestionar aquellos episodios en los cuales se les acusaba de ineficiencia, injusticia y hasta abuso.
Todo cambio hace apenas unos días. Resulta que tres personas muy importantes en mi vida se desplazaban en su vehículo cuando sufrieron un accidente de tránsito menor -de aquellos que sólo dejan daños materiales- que requirió la intervención policial. Desconozco lo ocurrido en los instantes posteriores al incidente, solo recuerdo la llamada en tono angustiado de mi esposa, misma que me llevó a asistir en su auxilio cuál alma que lleva el diablo.
Al llegar al lugar de los hechos pude observar cómo dos individuos de dudosa orientación sexual -situación que no digo por lo andrógino de su aspecto; sino por el tono ofensivo, matonezco y burlón con el cual se dirigían a dos damas- agredían verbalmente a mi esposa y sobrina ¡en presencia de un efectivo policial! Al increparle a este el porqué de su displicente actitud, me respondió que no podía intervenir pues los implicados en el accidente se encontraban arreglando la situación; razón por la cual tuve que intervenir personalmente.
Luego de poner en orden -debo aclarar que siempre por la razón- a este par de tipejos, los bocinazos me hicieron voltear y así me percaté que ambos vehículos se encontraban obstruyendo casi carril y medio de los dos carriles de la Av. Salaverry, lo cual me llevo a proponerle al agente de la policia que estacionemos todos los vehículos -los dos implicados en el accidente y el vehículo que había intervenido- en una zona donde no interrumpa el tránsito; situación que ahora me hace reflexionar ¿no pudieron ellos, por sentido común, pensar en esto antes de mi llegada?
Al dirigirme hacia mi vehículo para movilizarlo, observé las características particulares del choque, resultando que nosotros habíamos sido afectados por la prepotencia del par de tipejos que “se acordaron” a última hora que debían girar a la derecha, ¡a pesar de estar en el carril izquierdo! sin importar que se llevasen de encuentro aquello que se interponga en su camino. Esta situación fue inmediatamente puesta en conocimiento de la autoridad, además fue aceptada por los causantes del accidente quienes manifestaron que lo hicieron pues tenían que atender un contrato -habían sido músicos de una ¿prestigiosa? orquesta- a la brevedad; sin embargo, al solicitar la infracción de tránsito G06 para el vehículo infractor, me respondieron que se debía seguir un riguroso procedimiento de investigación para determinar la responsabilidad del piloto; ¡para mala suerte mía, la flagrancia no es suficiente en estos casos!
Al ingresar al vehículo vi a mi menor hijo, desesperado por haber sufrido un accidente de tránsito, preso de la impotencia por no haber podido defender a su sagrada madre de los maltratos del par de pseudo artistas y cuestionándose aquello que le enseñan en la escuela de que “el policía es tu amigo”. Le dirigí un par de palabras para tranquilizarlo mientras movía el vehículo a una zona segura y le prometí solucionar el problema. Luego de ello, tome aire y me dirigí a los individuos que se encontraban a bordo del automóvil causante del accidente, con la intención de hacer aquello que en el Perú es una norma no escrita “más vale un mal arreglo que un buen juicio”.
Rápidamente me di cuenta que no tenían intenciones de llegar a un buen entendimiento, lo cual me motivó a pedir al policía que nos lleve a la delegación correspondiente y que los especialistas en la materia se hagan cargo. Craso error de mi parte, no sabia que estaba llevando a mis seres queridos a “la boca del lobo”. Al llegar a la delegación policial de Jesús María, los efectivos policiales me “invitaron” a retirarme, pidiendo conversar únicamente con los pilotos implicados. De nada sirvió el mencionarles que el vehículo de los dizque músicos no contaba con revisión técnica vehicular, que sus faros delanteros y posteriores estaban rotos, que sus direccionales delanteras eran inexistentes, mucho menos que su parachoques posterior pendía de un alambre; todo esto era de “poca monta” frente a la súbita presencia de los familiares del artista -los padres, la mujer, la hija, la mascota...¡todo vale!- quienes manifestaban que se trataba de un buen hijo, un ejemplar hermano, un extraordinario esposo, un abnegado padre, un amigable vecino y toda la sarta de sandeces que suelen decir de los delincuentes cuando son abatidos o capturados.
Estado del vehículo que causo el accidente
Pregunte a todos y cada uno de los policías en la delegación y sus exteriores acerca del paradero del oficial a cargo, ninguno me supo dar razón, algunos dijeron que “estaba por ahí” y otros indicaban que a esas horas -más de las 22.00 horas- estaría en su casa descansando. Situación que resulta curiosa, porque al emitir las citaciones respectivas, fechadas al día siguiente a las 00.30 horas, estas estaban firmadas por el Comandante Comisario; ¿no me quizo atender? ¿falsificaron su firma?
Terminaré esta historia mencionando que me fui a descansar intranquilo, aparentemente las primeras pesquisas policiales determinaron que el vehículo en el cual circulaban mi esposa, mi sobrina y mi hijo había realizado un temerario giro aéreo -porque otra explicación no encuentro- y habría colisionado por detrás al vehículo de placa D0J233, que transportaba a los músicos de la archi, master, ultra, mega, híper, recontra conocida Orquesta “Son de Clase”. Increible, pero cierto.
No queda más que confiar en que el caso llegue a las manos de un buen policía, de aquellos que luchan día a día por brindar un buen servicio a la población, de aquellos que no dudan en poner el pecho ante la adversidad, de aquellos que cuidan nuestra vida a costa de la suya propia; porque estoy seguro de que los hay, y muchos; aunque también estoy seguro que no había ninguno de servicio aquel día en esa delegación.

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